Artículo tomado del blod "El arcón donde cabe todo "
Tóxico es un adjetivo culto que entró en nuestra lengua hacia 1580, según Corominas, cuyo uso no se generalizó hasta el siglo XIX, que ahora, en pleno siglo XXI, está adquiriendo un protagonismo inusitado, sobre todo entre los mileniales, es decir, entre las nuevas y jóvenes generaciones que han nacido y se están criando a la sombra de este tercer milenio de la era cristiana.
El adjetivo, en efecto, no sólo se aplica ya a desperdicios, emisiones, gases, líquidos, materiales, productos, residuos y demás sustancias venenosas, cosas en definitiva, que suelen ser productos de la sociedad de consumo, como antaño, sino que se utiliza y mucho para calificar a determinada gente, pobrecita, como si estuviera apestada: amistades tóxicas, que nos decepcionan y nos llevan por la Calle de la Amargura sin número; clientes tóxicos a los que han tenido que enfrentarse nuestros modernos emprendedores, que a veces emprenden mucho pero no suelen aprender casi nada; conductas y emociones tóxicas; empleados tóxicos que son una mala influencia en la empresa u oficina para el resto de sus compañeros de trabajo y para sus jefes, que también son tóxicos y, hay muchos, que tratan mal y maltratan a sus empleados; familias y hogares tóxicos, donde los padres y las madres ejercen excesiva presión sobre sus hijos e hijas, tanta que no la soportan por lo que también pueden llegar a ser tóxicos y tóxicas, respectivamente, y hacerles la vida imposible a sus progenitores que acaban arrepintiéndose de haberlos traído al mundo; masculinidades y feminidades tóxicas en definitiva que generan, como dicen los políticos, noviazgos tóxicos que a su vez les crean muchos conflictos a los involucrados en ellos y no poco dolor por aquello de que “quien bien te quiere te hará sufrir”; ideas y pensamientos tóxicos; personas, personajes y personalidades tóxicas que te hacen sentir mal aunque tú no tengas la culpa; relaciones de pareja y parejas tóxicas por lo atosigantes que resultan, ya sean reales o virtuales, porque también hay redes sociales, todas ellas sin excepción, tóxicas. El adjetivo se ha convertido en una palabra comodín, una muletilla que corre el peligro de valer para todo y de no servir para nada por la misma razón, tan general es su uso que su significado se ha convertido en un genérico bastante poco preciso que intoxica nuestro vocabulario. ¿Quién lo desintoxicará?
No me resisto aquí a copiar a propósito de esto último aquel epigrama de Marcial I, 19 de la tos dedicado a una tal Elia, nombre propio que es un pseudónimo como suele ser habitual en este poeta.
expulit una duos tussis et una duos.
Iam secura potes totis tussire diebus:
nil istic quod agat tertia tussis habet.
¿Hay, a propósito de la festividad de San Valentín y del día de los enamorados, amores tóxicos o el amor es siempre tóxico porque sus flechas están emponzoñadas? Recordemos lo que decía Propercio, el poeta enamorado, del fiero Cupido armado de arco y flechas. Decía que su aljaba o carcaj que colgaba de sus hombros estaba provisto de unas flechas ganchudas (hamatis: con garfio o anzuelo que nos engancha y nos desgarra si intentamos librarnos de ellas): "nec quisquam ex illō vulnere sānus abit": "y del desgarro aquel nadie sin daño se va".










